C1Amanecer

Capítulo 1

El Camarlengo atravesaba el aparcamiento que hay frente a la Casa Santa Marta, tras los muros que bordean la Ciudad del Vaticano, sin percatarse de que alguien le observaba. Subió hasta la segunda planta y golpeó dos veces la puerta de la estancia esperando a recibir el permiso para entrar en la habitación.

—Buenas noches, querido amigo, ¿qué te urge para visitarme a estas horas?

—Buenas noches, Su Santidad. Sigo dándole vueltas a lo que me ha dicho en la cena y querría discutirlo con usted —dijo el Camarlengo.

—¿Tan preocupado te tiene que no puede esperar a mañana?

—El hecho de que quieran matarle creo que no admite ningún tipo de espera.

—Otros lo han intentado, conmigo y con papas anteriores. Lo que ha de ser de Dios que sea de Dios, mi querido amigo.

—Su Santidad, me preocupa más aún que usted crea que los asesinos conviven con nosotros, que sean miembros de la Iglesia y que le reste tanta importancia. Tenemos que averiguar de quien se trata.

—No creo que te encuentres en condiciones de investigar nada —dijo el Papa.

—¿Qué queréis decir?

—De sobra sabes quienes desean coronarse al frente de la Iglesia. Lo que aún no he averiguado es si tú, mi querido amigo, perteneces a Amanecer Negro o eres un lacayo de aquel que en realidad manipula los hilos de la traición.

La respuesta del Papa provocó una ligera sorpresa en el Camarlengo que se repuso con rapidez encarándose al Pontífice.

—No se trata de traición, el mundo entero ha perdido la fe y la Iglesia lleva arrastrándose durante décadas perdiendo a pasos agigantados nuestro poder y el control de los estados.

—¿Nuestro poder? —cortó el Papa levantándose del sillón donde estaba sentado y cerrando con fuerza el libro que tenía entre las manos— La Iglesia no debe ostentar el poder sobre nada ni nadie. Nos debemos a nuestros feligreses. Demasiados siglos de opresión llevamos acumulados. Hay que terminar de una vez por todas con aquellos que han confundido la palabra de Nuestro Señor con los actos de quienes le persiguieron.

—Palabrerías que quedan muy bien en el oratorio frente a sus fieles. Alardes de originalidad ante la prensa que va siendo hora de atajar —dijo el Camarlengo mientras sacaba un arma apuntando con ella al Papa.

—Así que quieres ser tú el ejecutor.

—Si acabo con el Santo Padre tendré un puesto de honor en la nueva Iglesia.

—¡Qué engañado estás, hijo mío! ¿No te basta con el poder que ya tienes? —dijo el Papa sentándose nuevamente en el sillón.

—Nunca se tiene suficiente poder.

—No creo que a tus amigos les guste lo que acabas de decir. Puedes terminar siendo un serio problema también para ellos.

—Mis amigos, como usted les llama, estarán encantados de que el Santo Padre sea recibido por el Señor en el día de hoy.

—Tampoco creo que les haga mucha gracia que adelantes sus planes —dijo el Papa juntando las palmas de sus manos y llevando su frente a ellas.

Una leve sonrisa apareció en la cara del Camarlengo que, sin dejar de apuntarle con el arma, se sentó frente a él al tiempo que amartillaba el revólver.

—Observo que no está tan al tanto de la situación, Su Santidad. Es usted el que anda bastante perdido. No adelanto nada. Ha llegado nuestra hora y la suya.

—Ni mi hora ni la vuestra quedará grabada en los relojes de la historia, querido amigo—dijo el Papa.

—Desde mañana no importará la historia, será su nombre el que quedará grabado en los libros —El Camarlengo acercó el cañón de la pistola a la cabeza del Papa—. Que el Señor le tenga en su gloria.

Se escuchó un taponazo, un disparo ahogado por el silenciador del arma. En la puerta de la estancia se encontraba la Sombra; sereno, frío, sin dejar de apuntarle con su arma. La bala impactó en el costado izquierdo del Camarlengo que mostraba su sorpresa mientras las señales del dolor llegaban a su cerebro.

Llevo la mano hacia el costado por donde brotaba la sangre que enrojecía su inmaculada camisa blanca y dejó caer el revólver al suelo, hincando las rodillas, mientras alargaba una mano hacia el Papa.

La Sombra se acercó al herido y apuntó al pecho del Camarlengo. El Papa se incorporó y le detuvo poniendo una mano sobre su brazo.

—No es necesario —dijo el Pontífice.

—No me apetece esperar su final y le voy a ahorrar sufrimiento—dijo liberándose de la mano del Papa y efectuando un disparo a bocajarro que tumbo al Camarlengo de espaldas sobre el suelo de la estancia.

—Es triste lamentar la muerte de un hermano —dijo el Papa.

—Pues no lo lamente. Si no llega a llamarme hace unos minutos ahora sería usted el que estuviera sobre el suelo con un tiro en la cabeza —dijo acercándose al muerto.

—Tienes que avisar a Siriani. Si este desdichado ha querido matarme hoy también irán a por la mujer.

—¿Por qué confía en esa policía de Madrid? —dijo enfundando el arma.

—Sólo dos personas osaron plantar cara en algún momento a Dios Padre Nuestro Señor: Jesucristo y Lucifer, y tengo la sensación de que Marta Castro es ambos.

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