C2Atalaya

Capítulo 2

Mi fiel amigo luchaba hombro con hombro en campaña por tierras navarras con don Diego, Señor de Vizcaya, mientras yo marchaba a defender el asedio del Castillo de San Cebrián. Allí quedó, cerca de Tudela, para clavar su espada en nombre de nuestro Señor a pocos días de la villa donde nació. Una alegría incontenible escapaba por su piel, por fin, tras largo tiempo abrazaría a su hermana y a sus padres y pondría rostro al nuevo vástago que estos trajeron al mundo. Un rapaz de poco más de dos años.

Al despedirnos quedamos en vernos en el villorrio y saciar el hambre de la batalla con un lechón recién asado en compañía de los suyos. A las órdenes de don Nuño partí hacia las orillas del Esla; algunos amaneceres veríamos antes de llegar al castillo. Muchos días de hambre, sed y frío por defender las malditas piedras que los legados enfrentaban a los hermanos.

Don Andrés partía con don Diego y su hijo Lope. Navarra les espera. Escasa lucha se le avecina sin resistencia hasta la ciudad, pues las villas que pueblan el camino son afines a don Diego. El de Haro había prometido no acercarse a ellas más que para el abastecimiento de caballos y hombres.

A tres días de nuestra despedida, don Andrés pudo divisar sus tierras y levantaron campamento sobre la colina que las rodea. Cientos, miles de telas cubrieron la basta tierra navarra para dar cobijo a los soldados de don Diego.

Caída la noche y repartida la guardia, le tocó a don Andrés vigilia en tercera, sobre el risco que avistaba las pequeñas casas del pueblo. Sus gentes dormitaban y él velaba por ellos, con anhelo del amanecer, para ocupar el ocio en la visita que tanto esperaba.

A poco de ver cumplida la guardia, una avanzadilla de lanceros galopa colina abajo con la vista fija en el poblacho. De nadie sabía que hubiera incursión esa noche. Clavó lanza al suelo e hincó rodilla en tierra para que sus ojos alcanzaran mejor visión.

El frío viento del norte dejó de helarle el rostro, altas llamas nacían en el centro y alrededor de la villa, los lanceros galopaban entre las casas y sus corceles saltaban entre los villanos que despavoridos corrían de un lado a otro. Los gritos de dolor y miedo se escondían entre los alaridos de los soldados y los cascos de los caballos golpeando la fría y dura tierra navarra.

Su pecho ardió al igual que las casas y establos del valle y una descontrolada rabia subió por su garganta hasta convertirse en rugido bajo un grito de desesperación. No lo soportó más, se irguió cual alto era y desclavó su lanza de la tierra; tardó poco en alzarse sobre la silla de su caballo y espoleándolo con fuerza galopó hacia el valle cruzándose ahora con los hombres de la cuarta que acudían al relevo.

Ni los miró ni atendió al alto que el jefe de la guardia reclamó a su paso galopante, su cara desencajada no tenía mirada; solo dolor, rabia, odio y sed de sangre ante la barbarie que los lanceros de su Señor infringían a los lugareños.

El alto donde apostaba guardia tenía cortados hacia el valle y sin caminos que le ayudaran a un descenso rápido, su montura era imposible que atravesara tal desnivel y tuvo que desviarse hacia el campamento, único lugar por donde se accedía franco a la villa. Las fogatas, antorchas y lonas se cruzaron en su camino; mas no tiró de brida y al galope atravesó las calles creadas entre tiendas y armeros que le conducían a donde ya no había acampados.

Allí, con veinte soldados espada en mano, le esperaba don Celso; fiel, honrado y valiente soldado al mando de las huestes de don Diego que brazo en alto ordenó detener montura a mi amigo. El caballo de don Andrés alzó manos y durante segundos emergió como figura infernal sujeto por las patas traseras y espumando por la boca bajo resoplidos furiosos.

—¡Alto, don Andrés! Deteneos y decid presto dónde vais como alma que llevara el diablo al infierno y abandonando guardia.

Mientras don Celso hablaba uno de los soldados sujetaba las bridas del corcel para tranquilizar al animal y fue pateado en el pecho por la bota de mi amigo.

—Es necesario que acuda al valle, don Celso, una barbarie que no se imagina ocurre abajo y hay que impedirla. Poséame de cinco hombres y a la hora prima prometo que estaré de vuelta. —Don Andrés seguía muy nervioso.

—Nadie ha de bajar al pueblo, son órdenes de Don Diego —Le increpó don Celso.

—Señor, un grupo de lanceros están quemando la aldea y matando a sus gentes. Entre ellos los míos —replicó Andrés controlando con las bridas que su montura no cabriolare.

—Don Andrés, hijo —Don Celso bajó el tono de su voz para no hablarle como capitán y agachó ligero el rostro. Sabía muy bien que a mi amigo no le iba a gustar lo que tenía que decirle—. Esos lanceros son la guardia personal del hijo de don Diego y les toca noche de diversión, nada puedes hacer por ellos.

—¿Nada? Don Celso, ni el hijo de mi Señor es quien para acometer lo que hace, si no me dais hombres me basto y sobro para plantar cara. ¡Y apartaos de mi camino que por el infierno juro que pasaré por encima de vos y de cuantos planten pies delante de mí caballo!

La impaciencia de mi amigo ya desbordaba por todo su cuerpo.

—No saldréis del campamento, don Andrés, Desmontad y nadie sabrá del abandono de vuestra guardia, tragad fuerte el odio, aguantad la noche y tiempo tendréis de aplacar vuestra ira y vengar los muertos. —Don Celso intentaba tranquilizarle, con poco éxito, aplacando su tono de voz.

—Bien sabe Dios que le aprecio, don Celso; mas el tiempo apremia, si me queréis en el suelo, desmontadme vos. Le conozco bien y es soldado de pies a cabeza, nunca permitiría una descabellada como esta.

—Si cruzáis esta línea seréis hombre proscrito y perseguido. —Don Celso llevó su mano a la empuñadura de la espada.

—Pues seguidme entonces y prendedme; mas a bien tener seguro que mi espada no estará envainada.

Cuentan los presentes que Andrés nunca cedió y después de decir esto su puño ajustó el yelmo y la espada afloró en su brazo completando el desafío al que le instaba don Celso.

Éste, gran militar y gran hombre, temeroso de Dios y honrado por todos sus soldados sabía del estado en que se encontraba mi amigo, él mismo iría acompañándole para descabezar a la horda de asesinos que el hijo de don Diego tenía por guardia personal si no le pudiera el deber. Bajó su espada y se acercó a la montura de mi amigo.

—Don Andrés, sois como un hijo para mí. Cuando aplaquéis vuestra ira en el valle, estaré esperándoos. Si aún vivís seréis detenido, entregado a mi Señor y juzgado. Es lo que prometo y cumpliré.

—Palabra de navarro, Señor. Aquí estaré a la hora prometida.

Con un fuerte golpe de puño contra su pecho, agachó la cabeza saludando a don Celso y espoleó de nuevo su montura valle abajo llevándose por delante al soldado que poco antes intentó sujetar la brida de su caballo. Demasiado tiempo había perdido en discutir con su capitán, le separan dos millas de bajada y no pensaba respetar a su corcel que si tenía que morir en el camino sería el primero de los dos en llegar ante Satanás.

Don Celso miraba desde arriba, flanqueado por dos soldados; en su rostro, la pena. Maldita hora que escogió el rufián de don Lope para darse una noche de vino y mujeres pagando con fuego y muerte. Y maldito el lugar donde acampan, tierra de don Andrés. Sacándole de sus pensamientos, uno de los soldados se armó de valor para hablar con él.

—Señor, si me permite hablar ¿por qué lo dejasteis marchar?

—Porque es justo soldado, y la justicia no se le debe negar a nadie.

—¿Volverá? —preguntó de nuevo el joven soldado.

Don Celso le plantó cara con la vista fija en él, dura mirada que poco a poco relajó y poniéndole la mano sobre el hombro le dijo:

—Si no pierde la cabeza en el valle.

Don Celso terminó de girarse y se encaminó a su tienda. El soldado, un joven de diecisiete años aún sin barba en la cara le espetó a la espalda:

—¿Y cuando vuelva?

Don Celso se detuvo y sin volver la vista atrás soltó sus órdenes:

—Cuando don Andrés asome por el camino que sea prendido y llevado ante mí. Ahora, voy a dar parte a nuestro Señor don Diego.

La guardia se quedó plantada en el mismo sitio escuchando las órdenes de su capitán; muchos apreciaban a Andrés y sabían que les costaría prenderlo a pesar de la promesa que le hizo a don Celso.

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