C3Atalaya

Capítulo 3

Ya tenía don Andrés las primeras casas a la vista, la sangrienta escena dibujada por los lanceros estaba llegando a su final. Un par de ellos empalaban con sus venablos a un niño y a su padre mientras otro violaba asalvajado a la mujer gritando al cielo por la presa conseguida.

Ni siquiera detuvo montura, desenvainó y al paso del primero sesgó su cabeza de un solo golpe con la espada y al giro violento de su caballo frenado por el tirón de bridas clavó por los riñones al segundo, que soltó su lanza al momento dejando caer como un espantapájaros al niño que estaba insertado en ella.

Desmontó raudo y casi a trompicones llegó hasta el tercero que en ese momento iba a volcar dentro de la mujer el veneno para ella; le tomó de la cara y su espada salió por su garganta, no dijo nada, ni siquiera llegó a vaciar en la villana, el único líquido que salió del cuerpo fue su sangre como un torrente cuando el filo cercenó su vena principal. Don Andrés no tiró de la espada, la sacó por el lateral dejando que la naturaleza hiciera su trabajo, la cabeza le volteó a un lado y quedó con repugnancia colgada sobre su hombro. Ni un grito de la mujer, ni un lamento, solo lágrimas en sus ojos y un efímero «gracias señor» que se le escapó por los labios mientras se cubría con los harapos que le arrebató el cafre.

No tenía tiempo para levantarla, corrió hacia su casa, recordaba muy bien el camino, lo había hecho de niño miles de veces. Desde una choza a su izquierda salieron dos lanceros riendo y bebiendo el vino de los desdichados, no tenía tiempo, su familia le espera; pero «¡Dios! ¿Qué habrían hecho allí dentro?»

Giró sobre los talones y con ambas manos en el puño de la espada sesgó al primero por el cuello, la fuerza que impuso le hizo quedar de espaldas ante el segundo que sin tiempo para reaccionar recibió un sablazo en el vientre. El lancero del hijo de su Señor sintió el frío acero entrar en sus carnes; don Andrés giró la hoja en sus entrañas y la sacó con violencia arrastrando tras de ella parte de sus tripas para que quedaran como alimento de los carroñeros.

No volvió la cara hacia los desdichados, sus ojos fijos en las llamas del infierno que asolaban la aldea; avanzó arrastrando el filo de su espada por las cenizas que inundaban el suelo dejando tras de él un rastro de sangre. Al frente, su casa, todavía en pie; pero ya tocada por el fuego de las de al lado. Lo que ante su cuerpo encontró le heló la sangre aún más de lo que ya la tenía; el cuerpo degollado de un rapaz de poco más de dos años y su padre, ensartado por lanza sobre el abrevadero de las bestias.

Ni el hombre más entero podía soportar la visión a la que se enfrentaba, cayó de rodillas con la cabeza gacha y sus puños sujetos a la empuñadura de su espada.

—¡Dios mío! ¿Por qué, qué mal te han hecho?

De pronto su rostro se irguió cuando desde el interior de la casa escuchó gritos y risas, como un poseso corrió y se dio de bruces con otro lancero que sonriente salía de la casa limpiándose las babas con el dorso de su mano. Ni tiempo a saber quién era tuvo. Don Andrés, con un grito incontenible de rabia lanzó un certero golpe de espada contra el vejador y le apartó de la entrada mientras la vida se le escapaba por el profundo corte en su pecho.

Allí estaba. Allí se encontraba el hijo de don Diego, montando como un poseso a su hermana que ya ni palabras podía pronunciar, ni lágrimas podía soltar. Cara blanca, impávida, ojos perdidos como si ya le hubieran arrebatado la vida y su frágil cuerpo aguantando las embestidas del despiadado toro.

Levantó la espada contra el hijo de su Señor; pero un choque seco le frenó en su avance, otro lancero le asestó un duro golpe en las costillas que le hizo inclinarse a un lado; mas sin dolor. Su cuerpo no respondía a esas emociones; devolvió el golpe con el puño de su espada y recibió otra andanada en sus riñones, esta vez de otro lancero que estaba tras él.

Inclinado en el suelo pudo ver como aún los calzones del último que le golpeó estaban fuera de las piernas. Su espada dibujó un círculo a ras del suelo haciendo que los pies del lancero se separaran del cuerpo junto con un desgarrador grito que consiguió separar a don Lope de su hermana.

El otro enarboló puñal para apuntillar a don Andrés; pero a un soldado herido en su orgullo y amor propio no es fácil de matar; así, mi amigo levantó la espada y los filos se clavaron en los cuerpos de ambos.

El lancero no pudo caer al suelo, el cuerpo de don Andrés, herido en el hombro por la daga, se lo impedía. Don Lope, demostrando una gran falta de valentía, gritó pidiendo ayuda a su guardia mientras empujaba con violencia a la mujer contra las paredes de la casa. El cuerpo desnudo y sangrante de ella se descompuso cuando golpeó su cabeza contra la basta esquina de la alacena y como una marioneta se dio de bruces contra el suelo.

Don Andrés solo tenía ojos para la visión que frente a él don Lope componía asesinando a su hermana después de vejarla. Apartó de encima de sí el cuerpo del guerrero muerto y se dispuso a matar a quién afrentó a su familia; mas no pudo continuar, entraron en la cabaña otros dos lanceros que acudían al grito de su Señor.

El cuerpo cansado y extenuado de don Andrés tuvo que rehacerse para enfrentarse con los hombres. Dos expertos luchadores de espada, frescos en combate, pero malolientes a vino. Eso le daría una ventaja, retrocedió un par de pasos y su mirada se fijó en la antorcha que iluminaba la estancia; plantando cara a sus dos enemigos se movió con lentitud apuntando con el filo de la espada a los lanceros, cuando anduvo cerca de la luminaria se hizo con ella y la lanzó sobre la cara de uno de ellos, tiempo útil que obtuvo para blandir espada con el otro, tres o cuatro lances fueron suficientes para desarmarlo y cortar su pecho con el acero.

El otro no tuvo mejor suerte, mientras se quitaba las cenizas de los ojos no pudo ver como don Andrés se le acercaba e hincó el acero en su garganta, despacio. Ni un grito salió por la boca, quedó quieto, con la cara descompuesta y los ojos muy abiertos. Don Andrés tampoco se movió, sacó con la misma lentitud el acero del cuello del que ahora, ya estaba en el infierno.

Quedó solo en la estancia, jadeante; con pesadez se volvió hacia el cuerpo sin vida de su hermana y se apartó el yelmo de la cabeza. Don Lope había huido. Quiso acercarse a ella, pero el fuego ya había comenzado su trabajo y dobló las vigas que sujetaban la techumbre de la chabola haciendo que cayera sobre la estancia y cubriendo el cuerpo de la desgraciada.

Don Andrés saltó por las llamas y su brazo alcanzó la mano de su hermana perdida entre los maderos; pero otra viga dirigida por el mismo diablo le desplazó y protegiéndose como pudo salió al exterior.

Acababan de arrebatar a un hombre todo lo que tenía. Arrodillado en el suelo y, ahora sí, con lágrimas en los ojos, contemplaba como el fuego consumía su historia. Todavía quedaban hombres y mujeres corriendo despavoridos por las calles de lo que quedaba en pie y que pronto quedaría devorado por la salvajada de don Lope.

Su cara no tenía color propio, salpicada por las manchas de sangre de sus rivales donde ya se quedaban pegadas las motas de ceniza que volaban en el ambiente, su barba rubia se volvía gris y en su boca no cabía saliva para escupirla. Agachó su faz y con los ojos húmedos buscó la espada en el suelo y apoyándose en ella pudo levantarse. Hundido, descompuesto, rabioso, caminaba hacia su caballo arrastrando los pies por la tierra que le vio nacer y levantado el puño lanzó un grito desgarrador que de seguro pudo oírse en toda la región y heló la sangre de los que ya lo habían perdido todo. Sin yelmo y arma en mano, montó el caballo y espoleó con dureza al animal camino del campamento de su señor don Diego. Mi amigo, de sensatez y templanza única, las fue perdiendo mientras galopaba y la sed de venganza inundaba su corazón ahora convertido en piedra.

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